El grupo Coín en Transición ha asumido el intercambio como fórmula para vencer a las crisis económica
SUSANA MÁRQUEZ
Sentirse defraudado por el uso abusivo del dinero y la mentalidad
alternativa van de la mano. Generalmente son personas que gustan de la
vida sencilla. Los integrantes de la asociación Coín en Transición son
un claro ejemplo de ello. Han hecho del decrecimiento económico una
forma de estar en el mundo y han establecido una red de apoyo mutuo que
funciona mediante trueques de bienes y servicios pagados con una moneda
propia, los «coínes», que no está sometida a vaivenes financieros.
Las
más de 70 personas que integran desde hace dos años este grupo local ya
conocen las ventajas de pertenecer al movimiento Ciudades en
Transición, que consiste en convertir los pueblos y ciudades en lugares
más humanos, ecológicos y sostenibles, estableciendo vínculos que
fortalezcan a las personas frente a las crisis económicas. El más
conocido es el de Totnes, Inglaterra, iniciado en el año 2005. El
movimiento se extiende hoy por varios países de todo el mundo.
Un sistema posible y real.
El sistema en el que viven es posible y ellos los demuestran cada día.
Tienen huertos ecológicos colectivos para el autoconsumo en dos
terrenos cedidos, utilizan materiales sostenibles en su área de
bioconstrucción y aprovechan las energías alternativas, como la
corriente de un río, para hacer una bomba de ariete y regar sus
cultivos. Construyen hornos solares aprovechando los fotolitos de las
imprentas. Se abastecen de los productos locales siempre bajo la
premisa de «si ayudas al vecino, te estás ayudando a ti mismo», tal y
como explica uno de los integrantes de Coín en Transición, Ildefonso
Hernández.
Felicidad sin complicaciones. Ilde,
como lo conocen en la asociación, trabajaba en una multinacional de la
que lo despidieron «por ser más justo con los clientes que con la
empresa». Actualmente vende sistemas de telecomunicaciones vía satélite
por Internet, pero sólo trabaja ocho horas a la semana. «Mi objetivo es
decrecer económicamente para necesitar menos, y así puedo dedicar
tiempo a las personas que quiero».
Vive en Coín junto con su
hijo de cuatro años (tiene su custodia compartida) en una habitación
alquilada y convive en casa con su arrendadora, a la que sí paga en
euros. Casi todo lo demás, lo abona en coínes porque encuentra lo que
necesita en la asociación, en el mercadillo interno. Para conseguir la
moneda local, hace trabajos para otros miembros que lo necesitan. No
gasta combustible, se mueve en bicicleta incluso para recoger a su hijo
del colegio, ante las miradas curiosas de sus compañeros. No gasta en
juguetes, prefiere invertir el tiempo que emplearía para ganar ese
dinero en elaborar para su pequeño juegos que son la envidia de muchos
niños. Y es inmensamente feliz.
Nella van den Brul es una holandesa
de 65 años. Vive sola en Arroyo de la Miel, pero está muy vinculada al
movimiento. Se dedica a la venta de pinturas y en Coín en Transición,
está encargada del mercadillo interno. «Yo he pedido apoyo para la
limpieza de mi casa y para hacer unas tareas en mi empresa, y han
acudido cinco personas a las que he pagado en buena parte con coínes.
Para conseguir la moneda, hago pasteles».
Santi Hevilla tiene 56
años, vive en Coín y siempre ha estado involucrada en el movimiento
ecologista. «Tengo mi huerta y frutales, cultivo para autoconsumo y
compro en coínes pan, bizcochos y hortalizas que no tengo», explica. La
moneda local la consigue vendiendo sus acelgas en el mercadillo interno
y asegura que el dinero no le soluciona nada, prefiere pagar con este
trueque.
Ana Blanco y su marido huyeron del ajetreo de Madrid
hacia una casa de campo en Coín. Esta malagueña de 39 años trabajaba en
una multinacional americana de consultoría informática. «Cuando me
quedé embarazada, pedí una excedencia, mi marido sigue trabajando
porque tenemos una hipoteca que pagar, pero lo que puedo lo compro con
coínes, como fruta o mano de obra para mi campo», asegura. La moneda
interna la consigue ofreciendo su ayuda en cuanto a soporte
informático, o vendiendo limones y almendras de su terreno.
Ahora
está embarazada de su segundo hijo y asegura que su niña, de dos años y
medio, «está encantada con el sitio». Admite que con un sueldo «aquí se
vive mejor y con menos dinero que en la ciudad». El producto ecológico
para ellos es esencial. Rechazan la carne y la leche, incluso la niña,
que «nunca enferma y tiene una vitalidad impresionante».
«La
gente nos llama hippies a los que vivimos de una forma distinta a las
normas sociales. Pero yo creo que la palabra que nos identifica es
alternativo, alternativo a lo convencional», concluye.